Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de agosto de 2025

TRASFONDO DE AGOSTO

Nuevas aventuras de Ents. 


El pequeño bosque de Ladros se encontraba en un umbral incierto, allí donde el verano se despedía con retazos de calidez y el otoño extendía ya su manto rojizo sobre la tierra rocosa de las montañas. Era un bosque muy pequeño y alejado, rodeado de riscos y colinas que protegían sus árboles de las manos curiosas de viajeros o criaturas que pasaban. Las hojas caían lentamente, como brasas apagadas que descendían del dosel arbóreo, y el fuerte viento de las cumbres sin nieve en esa época del año llevaba consigo un murmullo profundo, antiguo incluso para las raíces más viejas. Cada rama que se mecía, cada hoja que crujía al caer, parecía susurrar secretos que solo unos pocos podían escuchar.

Aquel susurro no era el canto habitual de los pájaros ni el crujir de ramas cansadas: era algo distinto, una vibración que nacía en la entraña de la tierra misma y alcanzaba hasta los oídos de los Ents dispersos en la vasta espesura de la Tierra Media. Allí vivía y cuidaba de su rebaño de árboles Uoron, robusto como un roble en plena madurez de otoño, cuya corteza mostraba tonalidades rojizas y de cuyas ramas amplias colgaban hojas encendidas que parecían pequeñas lenguas de fuego cuando el viento las agitaba. Su silueta destacaba entre los claros, y al caminar emitía un crujido profundo, como si la misma tierra resonara con sus pasos.

Sus raíces se aferraban a la tierra donde crecían líquenes grises y hongos irregulares. Caminaba con calma entre claros cubiertos de hojas caídas, escuchando el crujir bajo sus pasos, consciente de que el otoño no era muerte sino maduración y fortaleza. Se aproximaban las lluvias y siempre en esta época hacía una ronda para ver qué tal estaban sus árboles; quería asegurarse de que las raíces estuviesen preparadas para los intensos vientos que estaban por llegar y para las lluvias torrenciales que se aproximaban. Faltaban aún semanas, pero él ya podía olerlas, notar cómo la savia se hacía más densa. Así era él: paciente y preparado, aunque un desasosiego reciente agitaba su interior.

Aunque llevaba muchísimo tiempo sin tropezar con nadie con quien pudiera hablar, él lo hacía a diario con sus árboles, a los que contaba historias de forma velada, y recibía respuestas entre susurros del viento, a pesar de la soledad, cada día era para él una nueva experiencia, y eso le hacía mantenerse vivo. Aquel día, en su camino por el bosque, y al detenerse bajo la sombra de un abeto anciano, su mente viajó a recuerdos de juventud, cuando la curiosidad y la impaciencia eran más fuertes que la prudencia. Recordaba los primeros años caminando entre los claros y riachuelos, torpe aún, con ramas que se enganchaban en su corteza y raíces que a veces le hacían tropezar. En aquellos días había aprendido a escuchar el bosque con los sentidos abiertos, a reconocer los susurros del viento y la diferencia entre la tierra húmeda y la roca que apenas podía sostener una raíz. Fue entonces cuando comprendió que la paciencia no era mera quietud, sino un conocimiento profundo de la tierra, un diálogo silencioso con cada árbol que se tocaba, con cada hoja que caía. Cada error cometido se transformaba en enseñanza, y cada enseñanza se alojaba en la savia de su corteza, fortaleciéndolo para los años que vendrían.

Aquella mañana, mientras Uoron caminaba por un claro cubierto de hojas que crujían bajo sus pies, un pequeño destello de color se movió entre las ramas bajas de un roble anciano. Una diminuta mariposa, con alas de tonos azules y dorados, se posó sobre su mano extendida. Sus movimientos eran rápidos y delicados, casi temblorosos, como si el aire mismo contuviera un mensaje que debía entregarse con cuidado. Uoron la observó en silencio, dejando que su mirada siguiera los giros y revoloteos hasta que, finalmente, posó su delicada patita sobre la corteza de su brazo. En un instante que parecía un susurro del bosque, entendió lo que traía: palabras que viajaban desde los rincones más remotos de la Tierra Media, un mensaje urgente y solemne.

—Todos los Ents… —murmuró Uoron, escuchando cómo la savia vibraba en su interior—…han sido llamados a reunirse. Hay un enemigo… un enemigo que no se puede ignorar.

La mariposa, como si entendiera la gravedad de aquello, revoloteó alrededor de su rostro antes de desaparecer entre las hojas, dejándolo con una sensación de frío en la corteza, un escalofrío que era más consciente que físico. Uoron cerró los ojos y dejó que los recuerdos de sus primeras reuniones con otros Ents emergieran: el estruendo silencioso de pasos gigantes, la calma profunda de las decisiones tomadas bajo la luz del sol filtrada por copas antiguas. Recordó cómo había aprendido que incluso la fuerza de un bosque no bastaba si no se unían quienes compartían raíces y savia. Y ahora, esa lección parecía llamar nuevamente a su conciencia.

Mientras se adentraba más en el bosque, comenzó a sentir el murmullo de los árboles como un coro que repetía el mensaje de la mariposa: había que reunirse, había que decidir. Algunas ramas se inclinaban hacia él, otras caían ligeramente, como si el bosque mismo respirara con anticipación. Los líquenes colgaban más densos, atrapando la luz del sol que se filtraba entre las nubes bajas, y percibió en cada rincón de su hogar la urgencia que había traído aquel pequeño ser alado. Sintió nostalgia de los años de juventud, de la curiosidad que lo había llevado a explorar cada recoveco del bosque, y comprendió que ahora su experiencia debía ser un faro para los demás.

Más al este, entre los pliegues rocosos de Ered Luin, Ashensat se movía entre los claros y riscos de las Montañas Azules que se extendían ante él con un aire antiguo y silencioso, como si cada roca, cada grieta y cada ladera guardara historias olvidadas. Desde la distancia, las cumbres parecían teñidas de un azul profundo, un reflejo del cielo y la niebla que se colaba entre los riscos, y los valles se hundían en sombras frescas donde apenas crecía el bosque. El viento recorría las crestas y los barrancos, llevando consigo el olor de la tierra húmeda, de los líquenes y de los arroyos que descendían saltando entre las piedras. Ashensat encontraba allí a sus árboles formando grupos dispersos y pequeños que luchaban por sostenerse en suelos pobres, rodeados de piedras y flores blancas que parecían milagros frágiles en un mundo duro. Todo a su alrededor le hablaba de resistencia y memoria: de caminos antiguos que ya nadie recorría, de raíces que habían sabido aferrarse a la roca durante siglos, de ecos que viajaban por el aire y la tierra hasta llegar a quien supiera escucharlos.

Su figura era esbelta y nerviosa, con corteza pálida y grisácea que se confundía con las piedras y la neblina que a menudo se colaba entre los picos. Sus ramas apenas sostenían unas pocas hojas verdes, pequeñas y resistentes, que se agitaban con cada ráfaga de viento.

En la soledad de esas cumbres, Ashensat había aprendido a escuchar los ecos de la tierra, los crujidos de las raíces profundas y los murmullos que viajaban por los arroyos. No necesitaba más compañía, y estaba a cargo de varios pequeños grupos de árboles separados por laderas peladas, en las que solo algunas plantas de florecillas blancas crecían, luchando por mantenerse en un suelo poco fértil. Cada día recorría esas pendientes, midiendo la salud de cada árbol, palpando la corteza, observando la inclinación de las ramas, notando cualquier signo de enfermedad o fatiga.

Una vez, mientras inspeccionaba una ladera particularmente seca, escuchó el murmullo de un arroyo que apenas llegaba a fluir. Allí encontró un pequeño grupo de arbustos jóvenes, casi secos por la falta de agua. Con cuidado movió algunas piedras para desviar el agua hacia ellos, ajustando el curso con manos y raíces que parecían dialogar con cada brote. Pasaron días en los que permaneció allí, comprobando que el flujo fuera suficiente, tapando fugas, moviendo hojas caídas y pequeñas ramas que bloqueaban la corriente. Cada noche, al volver al claro más alto, se detenía a mirar el cielo estrellado, escuchando cómo la tierra se asentaba bajo sus pies y los brotes absorbían la humedad lentamente. Al cabo de semanas, los arbustos comenzaron a erguirse, sus hojas verdes más firmes y su savia más viva, y Ashensat sintió una alegría silenciosa, una conexión profunda con la vida que crecía lentamente, sostenida únicamente por su paciencia y atención constante. Ese triunfo silencioso, sin más testigo que la bruma nocturna y las rocas que crujían bajo su corteza, le recordó por qué había elegido la soledad de las montañas: la tierra hablaba, y él debía responder con cuidado y constancia.

Hasta allí llegaban los rumores de lo que ocurría muy lejos, donde orcos y otros seres se dedicaban sin pausa a acabar con bosques enteros, y cada sombra y cada rumor de tala le encendían la savia; había aprendido a moverse con rapidez y cautela, a golpear cuando la necesidad lo exigía y a retirarse cuando la prudencia mandaba. No es que tuviese encuentros con ese tipo de seres muy a menudo, sus dominios estaban lo suficientemente alejados de todo como para que solo cada varios años se topase con algún grupo de orcos, pero cuando esto sucedía, sabía defender a sus árboles sin vacilar. Sus golpes eran precisos, aprovechando la fuerza del viento y la inclinación del terreno, dejando a sus enemigos lejos del bosque antes de que pudieran volver a acercarse.

Los días pasaban entre recorridos por pendientes y barrancos, vigilando la vida y la muerte del bosque, escuchando el flujo del agua, la caída de piedras y la vibración de la roca bajo sus raíces. Y aún así sentía un ardor constante: algo en el mundo cambiaba, un rumor lejano que aún no podía comprender completamente, pero que su instinto ya reconocía como un llamado a despertar. Por las noches, cuando la niebla se espesaba y los claros quedaban sumidos en penumbras, Ashensat se sentaba sobre una roca, tocando la corteza de un árbol anciano y dejando que la savia de ambos se comunicase en silencios que solo ellos entendían. La montaña parecía susurrarle, y él comprendía que no era un simple viento o un crujido; era algo más profundo, un aviso que cruzaba millas y ecos hasta la memoria misma de los Ents.

Ashensat sintió un cambio en el aire, un susurro diferente al de los arroyos y los barrancos. Una pequeña ave de plumaje gris con un brillo azulado se detuvo en la rama que se inclinaba sobre su hombro. Sus ojos negros eran intensos, y su canto, apenas un hilo de notas, parecía encerrar urgencia. Ashensat inclinó la cabeza y extendió la mano, dejando que la criatura lo tocara con delicadeza. El mensaje llegó con claridad: el llamado de todos los Ents, la necesidad de reunirse y decidir cómo enfrentarse a un enemigo que amenazaba con devorar bosques y quebrar la memoria misma de la tierra.

Permaneció inmóvil, sintiendo la vibración de la montaña a través de sus raíces. La idea de abandonar sus claros dispersos le causaba un nudo de savia en el pecho, pero comprendió que la voz que llegaba no era un rumor cualquiera; era un eco que atravesaba millas y ecos, una advertencia que él había aprendido a reconocer. Recordó la pequeña victoria con los arbustos jóvenes, la paciencia invertida en cada piedra movida, en cada rama ajustada; y entendió que ese mismo cuidado, multiplicado por la fuerza de todos los Ents, sería la única esperanza frente a lo que se avecinaba.

Comenzó a ascender con movimientos medidos y cuidadosos, asegurándose de no perturbar a los pocos árboles jóvenes que aún dependían de él. Cada paso llevaba consigo un diálogo con la tierra: escuchaba cómo los líquenes se ajustaban a la humedad, cómo las raíces profundas se afirmaban en la roca. La montaña le susurraba antiguos nombres, antiguos caminos que solo él conocía, y en medio de ese eco encontró fuerza. Si debía marchar hacia una reunión de todos los Ents, no sería como un invitado temeroso, sino como un guardián que sabía leer cada pulso de la vida en su entorno.

Alcanzó un claro alto, donde el viento silbaba entre las piedras y el horizonte se abría en un mosaico de azul y gris. Allí se detuvo, cerró los ojos y dejó que su corteza absorbiera la vibración que traía el mensaje. No era miedo lo que sentía, sino un reconocimiento profundo de responsabilidad: un llamado que había atravesado todo el bosque, que había viajado por corrientes de aire y eco de arroyos hasta llegar a cada Ent que podía escuchar. Su corazón de madera latía con fuerza, sabiendo que el tiempo de la vigilancia solitaria había terminado; ahora había que unir fuerzas, enfrentar la amenaza inabarcable y proteger la memoria viva de los bosques.

Y así, mientras los vientos del otoño agitaban las hojas rojizas del bosque de Ladros y las cumbres azules de Ered Luin brillaban con niebla y sol intermitente, Uoron y Ashensat recibieron el mismo mensaje en sus caminos separados. Cada uno sintió la urgencia, cada uno comprendió la magnitud de la amenaza. Las criaturas pequeñas que portaban la noticia desaparecieron pronto entre el aire, como si fueran fragmentos del bosque mismo, pero dejaron en ambos Ents una certeza profunda: había llegado el momento de reunirse con todos los demás, de unir raíces, corteza y savia en un propósito compartido. El mundo había cambiado, y con él, la antigua calma de los bosques debía transformarse en acción.

El murmullo del viento parecía ahora un canto de preparación, y las hojas caídas crujían bajo sus pies y raíces como si celebraran el despertar de algo mucho más grande que ellos mismos. Uoron respiró lentamente, tocando cada árbol con suavidad antes de iniciar su camino hacia los claros donde se reunirían los suyos, mientras Ashensat ascendía la pendiente final de su dominio, sintiendo en cada roca y en cada raíz la llamada que los atravesaba a todos. Ambos sabían, sin necesidad de palabras, que los Ents debían actuar juntos. Y mientras la luz de la mañana se filtraba entre los árboles y los riscos, el bosque entero pareció contener la respiración ante lo que estaba por venir.

 

martes, 29 de julio de 2025

TRASFONDO JULIO 2025. MÁS ENTS.

Nueva entrega para mis Trasfondos, continuación del anterior ya que este mes he seguido pintando Ents, así que nada, un poco más...


El viento recorría los valles del norte con un murmullo que arrastraba palabras olvidadas. Allí donde el bosque dejaba espacio a colinas de brezo y roca, un Ent de figura esbelta avanzaba con paso liviano, casi danzante. Su corteza era de un marrón claro, y sus hojas, escasas pero firmes, tintineaban en un amarillo pálido, como si fueran fragmentos de luz otoñal. Isli caminaba desde tierras altas, donde los árboles aún hablaban en lenguas finas y ágiles como las ramas del abedul y el tiempo sigue siendo algo que pasa lento.

Había salido de su rincón de la Tierra Media tras sentir la llamada de Bárbol, no con un estruendo, sino como un temblor en la savia, un anhelo antiguo que brotaba sin causa aparente, y eso que no había visto a otro Ent desde hacía muchas estaciones. Sin embargo, no se sentía solo, el mundo, de alguna forma, hablaba más que nunca, y si sabías escuchar ibas hilvanando una historia que poco a poco crecía en los confines de Mordor.

Durante su particular viaje que le llevaba ya más de cuatro lunas llenas, una tarde se dispuso a cruzar un barranco por el que discurría lo que antes había sido un gran río, pero que el tiempo, que aunque pasa lento en estas tierras, sí que realiza su inexorable trabajo de desgaste, había hecho que solo se pudiese pasar por una gran laja de piedra, que a modo de puente desgastado por las lluvias y las estaciones, alguien o algo había tenido bien a poner ahí. El arroyo que lo atravesaba apenas susurraba ahora entre guijarros musgosos, añorando los tiempos en los que hacía saltar piedras y sus salpicaduras llegaban lejos, muy lejos. Al poco de caminar sobre la gran piedra Isli se detuvo posando sus largas raíces con suavidad sobre la piedra lisa. Alzó su rostro nudoso hacia el cielo, dejando que la brisa jugueteara entre sus hojas, y haciendo una música que pocos son capaces de disfrutar, pero Isli sí.

Fue entonces cuando lo vio.

Un zorro trotaba por debajo del puente, su pelaje rojo contrastando con el gris húmedo de las piedras. Caminaba con cautela, como si supiera que algo más antiguo que él mismo lo observaba desde arriba, parecía seguir un rastro, y se metía poco a poco en la orilla, quizás para beber un poco. En ese mismo instante, una ardilla apareció de debajo de la piedra, se giró sin detenerse, y lanzando un chillido corto corrió hacia los arbustos del otro lado.

Isli sonrió, si es que los Ents pueden sonreír.

—Hmmmmm... todo se mueve hoy... hasta los silencios —murmuró, y prosiguió su camino, dejando atrás el puente, el zorro y la ardilla.

Donde los bosques no tienen senderos y la niebla se aferra a los troncos como un recuerdo, avanzaba una figura alta, de aspecto casi fantasmal. Su cuerpo estaba formado por un entrelazado de raíces y ramas cubiertas de musgo espeso, con tonos verdes oscuros y profundos como el fondo de los lagos. En sus hombros y espalda crecían matas de flores pequeñas, rosas, entremezcladas con las verdosas hojas, que parecían encenderse cuando el sol se filtraba entre las copas. Algunas de esas flores aún goteaban rocío.

Hoorn era un Ent de bosque húmedo y profundo, venido de una región donde la tierra no conoce sequía y donde los árboles crecen entre corrientes de agua subterránea. Más viejo que muchos, sus movimientos eran lentos pero firmes, como si cada paso fuera una decisión tomada tras años de reflexión, era más parecido a lo que todos cuentan que es un Ent. Un pastor de árboles que por estar en zona húmeda, lúgubre y tranquila, poco a poco se iba convirtiendo en un árbol más, y que ahora, por alguna extraña circunstancia, había comenzado un viaje llamado por algo en la lejanía.

En su mano derecha llevaba una gran losa de piedra, irregular y cubierta de enredaderas que parecían abrazarla como si fuera parte de su cuerpo. La piedra tenía formas talladas por el tiempo —o por algo más—, y aunque nunca hablaba de ella, su presencia imponía. No era un arma. No parecía un trofeo. Era algo más antiguo. Un símbolo, quizás. Un recuerdo con peso.

Setas carmesíes adornaban su corteza en los pliegues de su torso y piernas. Algunas parecían recién nacidas, otras ya secas, aferradas aún a su anfitrión. Cada vez que el viento soplaba entre sus ramas, parecía que Hoorn respirara, exhalando un susurro vegetal que hablaba de cosas enterradas. El bosque parecía abrirse a su paso, no por temor, sino por respeto.

Los caminos de Ents no se cruzan fácilmente. Pero cuando lo hacen, el bosque se detiene a escuchar.

Isli caminaba por una vaguada donde los helechos cubrían la tierra como un lecho mullido. Silbaba con el viento, un sonido ligero, casi travieso, que se confundía con los cantos de las hojas. Fue ahí donde lo vio.

Una figura alta, de hombros anchos y caminar pausado, se acercaba desde el otro lado. Llevaba la piedra consigo, y cada paso parecía pesarle un otoño entero.

Isli se detuvo y esperó. No por cortesía, sino por instinto. Hoorn alzó la vista lentamente. Sus ojos, oscuros y húmedos, se posaron en el joven Ent, y tardó un buen rato en hablar.

—Hmmmm... hojas claras... no muchas veces he visto árboles que se muevan tan rápido.

—Y yo no he visto muchos que lleven piedra como si fuera fruto —respondió Isli con una inclinación de ramas.

Hoorn apoyó la losa en el suelo con cuidado. Un temblor recorrió la tierra bajo sus pies.

—A veces... se lleva lo que no se quiere dejar atrás. Aunque no tenga raíz.

Isli asintió. Aquel Ent hablaba con peso, como si cada palabra hubiera sido arrancada de un tronco viejo.

—¿Vienes por la llamada? —preguntó, curioso.

—Hmmmm... sí. Bárbol. Viejo nombre. Vieja causa.- Mientras entornaba los ojos como haciendo recuerdo de algo muy muy antiguo. —Entonces... caminamos en la misma dirección.

Y sin más, comenzaron a andar. El joven y el viejo, uno con pasos ligeros, el otro con pisadas hondas como pozos. Entre ellos, el silencio no era incómodo. Era como el que crece entre ramas altas, donde la luz se filtra despacio y cada sonido cuenta, no les hacía falta abrir la boca para intercambiar pareceres.

Unos días más tarde, entre las colinas que bordeaban los primeros pinares del oeste, el destino, o el bosque tejió su encuentro con el grupo que ya conocemos. Burhrrum, Oörloon, Sisslun y Boj habían detenido su marcha junto a una hondonada, descansando bajo un roble solitario. Sisslun entonaba una antigua canción de corteza mientras Oörloon compartía anécdotas sobre líquenes parlantes con Boj, que lo escuchaba con ojos abiertos como ramas nuevas.

Y entonces, lo vieron.

Primero a Isli, que emergía danzando de entre los pinos, saludando con una rama extendida. Luego, tras él, a Hoorn, que arrastraba su piedra con el mismo cuidado que se lleva un recuerdo.

No hubo sorpresa. Solo un asentimiento compartido. Como si los árboles supieran cuándo algo debe suceder.

—Hmmmm... uno joven, otro viejo... —dijo Sisslun con una sonrisa en su voz—. Buen equilibrio.

Oörloon asintió.

—El bosque los empuja. Y ellos han escuchado.

Hoorn posó la piedra con suavidad sobre la hierba, y durante un instante, pareció que la tierra contenía el aliento. Isli saludó con ligereza, y Boj corrió a su encuentro con la emoción brotando como savia fresca.

Los seis Ents formaban ya un pequeño bosque ambulante, y aunque aún eran pocos, la Tierra Media parecía más densa donde ellos pasaban. Las hojas susurraban más alto. Las raíces despertaban. Y los pajarillos se animaban a cantar a su alrededor.

 

 

martes, 24 de junio de 2025

TRASFONDO DE JUNIO 2025. SIGUE LA MARCHA A ISENGARD

Mi trasfondo para El Desafío Personalizado del mes de Junio de 2025, con la aparición de dos nuevos Ents, que se unen a los tres que ya iniciaran camino a mediados del año pasado... 

Es una continuación del de entonces... 


Burhrrum y Oörloon decidieron esperarlo junto a un arroyo de aguas cantarinas que serpenteaba entre raíces y rocas. Allí, mientras el viento hacía danzar sus hojas secas, compartieron historias antiguas sobre los grandes bosques de antaño y los Ents que habían conocido en sus largas vidas. Fue en uno de esos silencios tranquilos, de esos que solo los árboles saben saborear, cuando algo crujió suavemente en el borde del claro.

—¿Lo has oído? —susurró Oörloon, con una voz grave y húmeda, casi como si saliera de entre las rocas cubiertas de musgo.

—Sí... y no es ardilla ni zorro —respondió Burhrrum, entrecerrando sus ojos de corteza.

Del otro lado del arroyo, entre un par de jóvenes fresnos, emergió una figura que al principio pareció parte del bosque mismo. Caminaba con una mezcla de timidez y curiosidad, como quien no ha salido muchas veces de su arboleda. Con un tronco esbelto y flexible, muchos nudos en sus brazos y piernas y unas cuantas ramas cortas sobre la cabeza. No tenía hojas, algunas setas cubrían partes de su cuerpo, donde sobresalía una barba larga y verde que contrastaba con el marrón general.

—Hmmmm... hruummmm... ¿sois pastores? —preguntó con una voz que recordaba al crujido de una castaña abierta sobre brasas.

—Lo somos —respondió Oörloon, dando un paso adelante con su andar pesado—. ¿Y tú quién eres, joven brote?

—Me llamo Boj. Soy de castaños en las colinas al sur del bosque de Tharbad. No suelo alejarme mucho, pero sentí algo... un murmullo en las raíces. Algo que me llamó. Seguí el susurro de las hojas y los hilos del viento.

Burhrrum se adelantó, observando al joven Ent con una mezcla de simpatía y sorpresa.

—Pocos Ents jóvenes quedan, Boj. Y aún menos que escuchen los susurros del mundo y les hagan caso. ¿Sabes hacia dónde vamos?- Le dijo mientras miraba al recién llegado.

—Hmmmmm… Algo he oído... rumores de una llamada, un rumor del bosque más viejo, de Fangorn.

—Así es —asintió Oörloon—. Bárbol ha convocado a los pastores de árboles. Marchamos contra Isengard. El Mago Blanco ha traicionado todo lo verde y vivo.

Boj bajó la mirada un momento, sus hojas crujieron suavemente, luego la alzó con determinación.

—Hmmmmmm… Entonces iré con vosotros.

Burhrrum y Oörloon intercambiaron miradas. No hubo necesidad de palabras; todos los árboles que caminaban hacia Isengard eran bienvenidos.

Sisslun regresó poco después, más callado de lo habitual, como si una parte de él hubiera quedado en su bosque, juntos a sus árboles. Había sido muy duro para él dejarlos allí solos, pero entendía que el deber de defenderlos lo debía llevar en ese momento muy lejos de ellos.

Al ver a Boj, sonrió y asintió solemnemente.

—Cuantos más seamos, más fuerte será nuestro paso —dijo, y juntos, los cuatro retomaron la marcha.

El viaje prosiguió entre colinas y brezales, cruzando arroyos y dormidas tierras donde los hombres hacía tiempo que no cultivaban. Los días pasaban lentos como los pasos de un Ent, y las noches eran momentos de reflexión, canciones largas como raíces de encina, y el suave balanceo de ramas dormidas.

Fue tras una de esas noches, cuando se acercaban a los primeros pinares del norte de Enedwaith. El bosque parecía más espeso allí, más antiguo, como si los árboles resistieran el paso del tiempo a fuerza de olvido. Al avanzar por un estrecho paso entre viejos tejos y pinos retorcidos, un aroma húmedo, a tierra mojada y hojas descompuestas, les llegó. Y entonces, una sombra se movió entre la vegetación, parecía asomarse con curiosidad para indagar sobre los cuatro viajantes.

Era un Ent de corteza rugosa y verdosa, con lianas que a modo de venas le recorrían el cuerpo desnudo, pues carecía también de hojas, aunque sin duda las había tenido. Ramas secas y fuertes salían de su cuerpo, y algunas setas blancas marcaban puntos en sus brazos y piernas.

—Hruuummm... no esperaba ver tantos pies de Ent—dijo con una voz profunda, tan grave que hizo temblar las piedras del camino.

Oörloon se inclinó levemente, como si saludara a un anciano sabio.

—Salud, viejo roble. ¿Quién camina por este bosque con palabras tan hondas?

—Hruuummm… Me llamaban Queercus. Hruuummmmmmm... —soltó al fin, tan despacio que el sonido parecía arrastrarse entre las raíces del suelo—. Árboles que caminan... que no conocía... Hruummmm... ¿y a dónde van?

Oörloon se adelantó unos pasos, con una reverencia apenas perceptible.

—Salud, roble anciano. Somos pastores de árboles, y marchamos a la llamada de Bárbol, señor de Fangorn. La guerra se cierne, y Saruman ha vuelto su mano contra todo lo vivo, es necesario defender a los árboles de la barbarie de los orcos.

El viejo Ent permaneció inmóvil largo rato. Tanto que Boj, aún impaciente con la juventud brotando en sus ramas, empezó a mover una de sus raíces con inquietud. Cuando por fin habló, lo hizo con un ritmo tan lento que parecía que cada palabra llevaba la carga de un siglo.

—Bááááár... bol... —repitió el nombre como si saboreara un fruto maduro del pasado, entrecerrando los ojos y con cara pensativa. Estuvo otro buen rato sin hablar hasta que por fin articuló de nuevo palabra—. Hace muchas estaciones... antes de que el mundo cambiara… el bueno de Báááárbol…

Queercus sacudió su gran cabeza lentamente, cerró los ojos y volvió a abrirlos para a continuación mirar hacia arriba. Hubo un silencio largo, de esos que solo los árboles entienden. Los cuatro Ents lo miraban, sin apremiarlo, pues sabían que la decisión de un pastor de árboles no puede ser forzada ni impaciente.

Finalmente, Queercus alzó una rama nudosa.

—Hruuuummmm… Decís que Bááááárbol ha hablado. Que los árboles han escuchado... que hay movimiento en las raíces. Eso... es importante hruuuuummmm. Muy... importante. Pero yo... necesito... tiempo.

—El tiempo no nos sobra, viejo amigo —dijo Sisslun con respeto—. Pero sabemos que los pasos verdaderos no corren, y si has de unirte, lo harás cuando sea el momento.

Queercus inclinó su gran cuerpo, apenas perceptiblemente.

—Seguiré vuestras huellas... si mis raíces lo permiten. Pero antes... debo hablar con mis árboles. Ellos han estado callados... demasiado. Quizás... ya no recuerden cómo gritar.

Y con ese último murmullo, se giró y desapareció lentamente entre las sombras del bosque, como si el propio bosque lo absorbiera.

Oörloon, con voz grave, fue el primero en hablar tras su partida.

—Nos seguirá. No ahora. Pero lo hará. No hay viento tan fuerte que doblegue a un roble viejo, pero si el bosque lo empuja… se mueve.

—Queercus... —susurró Boj—. Tiene la antigüedad del mundo en sus ramas.

—Y la decisión del mundo viejo en su pecho —dijo Burhrrum.

Entonces, sin más palabras, los cuatro Ents retomaron su viaje. El sol descendía lento entre las colinas del oeste, y la sombra de su marcha se proyectaba larga sobre la tierra. No eran muchos aún, pero la Tierra Media empezaba a temblar con el eco de sus pasos. Y en algún lugar del bosque, un roble verdoso, de corteza anciana y corazón de tierra profunda, meditaba junto a sus árboles. Y el viento, leve pero insistente, traía un nombre que aún recordaba con claridad: Bárbol.

jueves, 20 de febrero de 2025

TRASFONDO DE LA GUARDIA DE HIERRO

El cielo sobre la cordillera montañosa de Ered Mitrhin se oscurecían con la sombra de la guerra. El eco de los tambores resonaba en los valles profundos, y en las forjas ancestrales de los enanos, el fuego ardía sin descanso. En aquel tiempo de tinieblas y acero, cuando los clanes se preparaban para la última batalla en Hallâ Úrin Thor, el venerable Jarl Durnhir convocó a los más fieros guerreros de la Guardia de Hierro, tropa de élite de entre los más fieros y avezados enanos del ejército de Erebor, y que a veces se adentraba en zonas cercanas como las Montañas Grises. 

Vestidos con sus túnicas azules, el color que los destacaba sobre el resto de tropas, eran muy buenos en el uso de las hachas, sobre todo llevaban entre sus armas un par al menos de pequeñas hachas que lanzaban con puntería extrema. Bajo las túnicas una ligera capa del inexpugnable Mithril les daba la seguridad necesaria para atacar a cualquiera. Y por si fuese poco cubrían su cara con un yelmo de hierro que se colocaba unido a los cascos puntiagudos y pintados en azul en parte. Sin duda eran toda una visión sobre un campo de batalla.

Aquella noche habían montado las tiendas que habían robado a unos orcos, y aunque el hedor que desprendían era importante, el frío a la falda de la montaña era peor, así que dormirían bajo cubierto. Habían escogido un recodo de la montaña para montar su refugio y habían encendido una hoguera.


GUH 22


El fuego crepitaba en el campamento, arrojando sombras danzantes sobre la roca. Thorgoin Vakhuz se sentaba junto a las llamas, afilando su hacha con manos curtidas y llenas de cicatrices. No llevaba casco ni armadura, solo la piel endurecida por mil combates. Sus músculos recordaban las raíces de las montañas y sus ojos reflejaban la furia de la batalla que se avecinaba. Era muy sencillo de detectar en la batalla, su pelo cabellera pelirroja recogida en colas puntiagudas y su barba y bigote igualmente naranjas, además del hecho de no usar esa armadura azul hacían de él un blanco perfecto, pero su rapidez, su agilidad y su destreza evitaban que los enemigos acabaran con él a pesar de los múltiples intentos que habían hecho. Thorgoin Vakhuz era de pocas palabras, prefería los hechos a las palabras, y solamente en la tranquilidad de la noche se le soltaba un poco la lengua. Exhaló una bocanada de humo de su pipa, el tabaco oscuro y espeso llenando el aire con su aroma terroso.

-   -     Este tabaco me lo dio un viejo herrero de Karak Dûm, decía que solo los guerreros con honor lo merecen.- murmuró, observando el resplandor de las brasas.


GUH 28


A poca distancia, envuelto en su capucha oscura y con la trenza rubia de su barba cayendo sobre sus rodillas, Urroin giraba su hacha en la mano, probando el balance con la precisión de un maestro. Su rostro permanecía oculto, pero sus ojos destellaban bajo la tela, atentos a cada movimiento a su alrededor. Cuando lanzaba su acero, la muerte llegaba silenciosa, certera como un relámpago. No había enano más diestro en el uso de las hachas que este enano de corta estatura pero gran corpulencia. Se cuenta que en una batalla llegó a llevar cinco pares de hachas al cinto y recuperó todas de los cuerpos o cabezas de orcos, hay quien dice que eso es una simple leyenda, pero también hay quien dice que no fueron diez hachas, sino doce o más. A diferencia de Thorgoin Vakhuz él si era más hablador, y también un gran amante de fumar en pipa. A las palabras de éste respondió aspirando de su pipa y lanzando una risa seca.


GUH 31


-        Honorable tabaco o no, el mío viene del comercio con los elfos de los bosques. Dicen que alivia los nervios... aunque yo no confío en nada que crezca sin la piedra bajo sus raíces.

Tras unos días de marcha por fin hoy habían podido descansar más en condiciones, y tras un poco de cacería por la zona, habían encendido una pequeña fogata para cenar y echarse un rato. Todos disfrutaban de un merecido descanso, todos. Foroin y Yoin, hermanos de sangre y guerra, compartían un cuerno de hidromiel mientras repasaban el filo de sus armas. Entre ellos, el lazo del combate era más fuerte que el de la sangre. Mientras fumaban en silencio, Yoin sacó de su bolsa un pequeño paquete envuelto en cuero y lo arrojó a la lumbre. "Un conejo. No es la carne más fina, pero es lo que la montaña nos ha dado esta noche." El aroma del animal comenzaba a mezclarse con el humo del tabaco, creando un aire espeso de camaradería y nostalgia.


GUH 24

GUH 25


Zharrup Öshkar permanecía en silencio, con la mirada fija en las llamas, siempre le había gustado el fuego, y aquella fría noche más aún, puesto que el aquella lumbre los mantenía calientes aún a las bajas temperaturas que les rodeaban. Su rostro estaba surcado por antiguas cicatrices, testigos de tiempos donde las bestias de los abismos eran los enemigos de los enanos. Se mesaba la larga barba blanca tranquilamente con una mano mientras sus dedos tamborileaban sobre la asta de su arma e inhalaba profundamente su pipa, sus pensamientos hundidos en recuerdos antiguos, era el mayor del grupo, y eso hacía que todos le pidieran consejo cuando tenían problemas.


GUH 27


Hiroin observaba el mapa extendido sobre una piedra plana, sus ojos recorriendo cada línea, cada sendero oculto en el relieve de las montañas. Su mente aguda podía leer el campo de batalla como si fueran inscripciones en una tablilla de piedra, descubriendo cada debilidad en la formación enemiga antes de que la batalla comenzara. Antes de cada ataque proponía qué hacer, y por lo general su opinión era un peso crucial en cada acción de guerrilla que realizaban. Nadie había puesto nunca en duda su capacidad para sorprender al enemigo o para sacar ventaja aún en minoría o en zonas en las que llevaban las de perder, más de una vez les había sacado a todos de algún atolladero que parecía insalvable.

-   -     Mañana nos espera una marcha dura. Si la información es correcta, podríamos encontrar un paso entre las rocas y atacar por la retaguardia.- Pensaba mientras mascaba tabaco moviendo su tupida y gran barba rojiza.


GUH 26


Meoh Goruth y Yultor Zakim, venidos de una región olvidada, se apartaban del grupo, sus túnicas blancas con ribetes azules ondeando con el viento. Su vestimenta, reflejo inverso de los antiguos guerreros de su hogar, era símbolo de tiempos pasados. Ellos no eran de Ered Mithrin, sino que habían llegado de más al oeste, de las últimas estribaciones de Carn Dûm, y tras cruzar la región de Angmar y el Monte de Gundabad, se habían asentado en las Montañas Grises, para suerte de los enanos de allí, puesto que sus andanzas por tierras oscuras habían dado información más que crucial para defenderse cuando los atacaban criaturas del mal. Los susurros en su lengua natal se deslizaban en el viento, invocando a sus ancestros para la batalla venidera. Meoh Guruth se unió al círculo del fuego y encendió su pipa con una astilla del fuego.


GUH 30

GUH 29


-      Mi padre solía fumar esto antes de cada batalla. Decía que al hacerlo, hablaba con los viejos espíritus de la montaña.- Dijo con voz solemne y en la lengua común de los enanos.

De pronto se oyó un crujido en la maleza que hizo que se callara. La compañía se tensó al instante, cada uno aferrando su arma con la certeza de un guerrero experimentado. El bosque cercano estaba plagado de orcos, pero hasta ahora no habían mostrado signos de actividad en la zona. Foroin alzó la mano, indicando silencio, mientras Urroin agarraba con fuerza una de sus hachas y la sostuvo lista para lanzar.

Otro ruido, un movimiento furtivo entre los arbustos. Hiroin frunció el ceño y susurró para que su voz no saliese de las cercanías del fuego:

-    -     Si fueran orcos, ya estaríamos rodeados.- Pero la prudencia era una virtud enana y Thorgoin se incorporó lentamente, con la respiración calmada, el hacha descansando sobre su hombro desnudo.

El viento cambió, trayendo el hedor inconfundible de la carne podrida. Un gruñido ahogado, luego silencio. Meoh susurró:


-        GUH 23


Al-  Algo nos observa.- Y apretó su vista hacia la oscuridad que los rodeaba.

Yultor, con su voz grave, agregó:

-    -      Puede que solo sea una bestia de la noche... o algo peor.- Todos estaban prestos para defenderse de lo que fuese que había causado el pequeño crujido.

Durante un largo tiempo, nadie se movió. El crepitar del fuego y el murmullo lejano del bosque parecían más intensos en la quietud. Zharrup apretó su hacha favorita y caminó en dirección al sonido, sus pasos firmes, su expresión endurecida por años de guerra. Apartó las ramas con la punta de su arma y escudriñó la oscuridad.

Nada.

El resto de la noche se pasó en tensión, y con el amanecer llegó el momento de partir. Se alzaron con el primer resplandor del sol, apagaron las brasas del campamento y comenzaron la marcha. El aire era fresco y denso con la humedad de las montañas cercanas que parecían vigilarlos desde la altura.

Yultor Zakim comenzó a susurrar en su lengua materna lo que parecía una canción, y lo hacía mirando hacia las montañas, sin duda estaba invocándolas para que los ayudaran en su viaje. Cuando avanzaron por el sendero, no tardaron en encontrar rastros inconfundibles de que no habían estado solos. Huellas pesadas, ramas rotas y un hedor acre delataban la presencia de orcos.

-        Nos han estado vigilando.-  gruñó Foroin, escupiendo al suelo.

Siguieron su camino con la guardia en alto. Los días que quedaban de viaje estarían marcados por la sombra de la amenaza. Cada noche acampaban en lugares estratégicos, con turnos de guardia dobles. Cada ruido en la distancia era un recordatorio de que los ojos del enemigo aún estaban sobre ellos, sin embargo en ningún momento fueron atacados, tal vez los orcos se habían dado cuenta que era un grupo muy poderoso, y su labor frente a ellos se reducía únicamente en tenerlos todas las noches sin descansar.

Jarl Durnhir los había reunido para una única misión: marchar hacia Hallâ Úrin Thor, donde la última fortaleza enana resistía el asedio de una fuerza oscura que emergía de las profundidades. El enemigo era antiguo, un eco de tiempos olvidados, y solo aquellos que no temieran la muerte podían desafiarlo. Y hacia allí marchaban para enfrentarse a lo que se les pusiera por delante, lo cual hacía que el cansancio fuese más llevadero.

La noche en que partieron, las estrellas se ocultaron tras nubes negras. El viento susurraba nombres de los caídos, y el eco de las montañas repetía sus pasos. Con sus hachas, su acero y su juramento, la compañía avanzó hacia un destino incierto, donde la gloria y la ruina bailaban en el filo de una espada.

El destino de la Guardia de Hierro estaba escrito en sangre y en piedra. Y en Hallâ Úrin Thor, la historia de estos ocho guerreros quedaría grabada para siempre.

 

viernes, 31 de enero de 2025

TRASFONDO DE LOS TRASGOS

Sigo escribiendo trasfondos para mis compañías, esta es la de este enero, la de los Trasgos. 


La Ciudad Bajo la Montaña es un infierno subterráneo, donde la oscuridad lo envuelve todo. Un laberinto de túneles excavados en la roca que acaban en un mar de pasarelas de madera que cuelgan a través de las paredes de la cueva, algunas crujientes, otras roídas por el tiempo y la humedad. El aire es denso, viciado por el hedor nauseabundo de excrementos de trasgos, ratas, murciélagos y cadáveres olvidados que se unen a la poca ventilación que hay con el exterior. Restos de carne, huesos rotos y pedazos de criaturas caídas forman montículos grotescos que ya forman parte de las pasarelas. La mugre se acumula en cada rincón, mientras el ruido de murmullos y gritos lejanos forma una sinfonía perturbadora.

La luz es débil, apenas suficiente para revelar lo que ocurre en la penumbra. Fogatas y antorchas titilan aquí y allá, creando sombras inquietantes que danzan sobre las paredes de roca. La única luz significativa proviene de la gran rueda de madera que cuelga sobre el trono del rey. Enorme y retorcida, gira lentamente sobre una polea gigantesca, iluminando el espacio con un resplandor rojo y amarillento. Nadie recuerda cómo la colgaron ahí, ni de dónde la sacaron los trasgos, pero es responsable de la poca luz que hay dentro. Aunque incluso su luz es traicionera, pues no alcanza a disipar las sombras profundas que se cernían en las esquinas de la ciudad.

Un alboroto comienza a filtrarse desde las profundidades de la ciudad. Un grupo de trasgos irrumpe en el centro de la caverna principal, sus voces y chillidos llenan de nerviosismo y miedo la antesala del trono, el lugar donde comienza la pasarela real que lleva a los aposentos del Rey. Llevan consigo a uno de los suyos, un trasgo ensangrentado, cuyas ropas están empapadas en una sangre negra y viscosa, sangre de trasgo. El cuerpo parece estar medio desecho, con heridas profundas y un rictus de horror aún en el rostro. La multitud murmura, algunos con asco, otros con curiosidad.

—¡Alto! —grita Grinnah, con una mano levantada. Conocido por su astucia y su mano dura, Grinnah se ha ganado el respeto de los clanes trasgos. Se adelanta, separando a la multitud con su voz grave y feroz. Su mirada, penetrante y feroz, escanea al grupo que trae al trasgo herido. Con un solo gesto, los hace callar y les indica que se callen y se acerquen

Desde su lugar de observación, en la sombra de las grandes columnas de madera que sostienen la pasarela central, el Escriba está en su silla, colgado de poleas, su cuerpo pequeño y menudo balanceándose suavemente en el aire. Su cara, de rasgos enfermizos, está iluminada por la tenue luz de las antorchas que se reflejan en su pluma blanca, con la que escribe sin cesar en un rollo de pergamino. Sus ojos saltones observan todo con una atención malsana, como si disfrutara de cada doloroso momento. El Escriba, un trasgo diminuto de apariencia infantil, tiene los dientes podridos y un mechón escaso de cabello que apenas cubre su cabeza. Aunque su tamaño y su fragilidad lo hacen parecer inofensivo, su presencia es siempre inquietante. Nunca deja de anotar, siempre buscando el registro de cada crimen y sentencia, y luego escupe toda esa información al Rey cuando éste la necesita.

De pronto, el Rey aparece como una sombra monstruosa, avanzando con paso pesado por las pasarelas de madera que crujen bajo su peso. Aunque tiene un cuerpo fabulosamente grande, es más ágil de lo que pudiera parecer. La multitud se aparta con miedo, dejando un camino despejado, aunque algunos trasgos caen al suelo, apurados por esquivarlo. Los trasgos que se arrodillan a su paso se encargan de recoger con manos temblorosas los excrementos que dejan atrás, limpiando la suciedad como si fuera su obligación, como si su existencia misma dependiera de ello. La visión es repulsiva, y el aire se vuelve aún más irrespirable al paso de la bestia.

El Rey avanza, su figura gigantesca y oscura se acerca hacia Grinnah mientras los trasgos se apartan sin atreverse a alzar la vista. Saben lo que significa no rendirse ante el poder absoluto del rey.

El murmullo de los trasgos crece a medida que el rey se acerca desde su trono, algunos murmurando entre dientes, otros vacilando, como si temieran hablar en voz alta. El murmullo crece por momentos, pero entonces el Rey da un solo paso al frente, y en un movimiento tan rápido como letal, agarra un trasgo por la cintura como si fuese de algodón, lo levanta en vilo y lo zarandea. La cueva se ha quedado en silencio una vez más y el desgraciado ni siquiera es capaz de gritar, sabe de su suerte. Con un gesto brutal, lo lanza por el borde de la pasarela, a la oscuridad infinita del vacío. El cuerpo del trasgo cae, gritando ahora, hasta perderse en la oscuridad del fondo.


2025 TRASGOS 023


De nuevo el silencio absoluto se extiende por la ciudad, los murmullos cesan, y la mirada del rey, fría como el hielo, recorre a todos los presentes. Ningún trasgo se atreve a mover un músculo.

La multitud, ahora en completo silencio, se arrodilla ante él, conscientes de que en su mirada reside tanto la sentencia de muerte como la justicia más temible.

Vuelve a su trono suspendido, construido con tablas viejas y torcidas, un reflejo del reinado que sostiene con mano de hierro. Sobre él, la rueda gigante gira lentamente, iluminando la caverna con su luz cálida y roja, pero también creando una sombra ominosa sobre los presentes.

Grinnah se inclina, señalando al trasgo ensangrentado con un gesto casi imperceptible.

—Gran Rey, este trasgo ha cometido un asesinato. Ha matado a otro, dejando su cadáver tirado en la ciudad. Todos los testigos lo han señalado, pero nosotros venimos a que se juzgue su destino —dice, su voz grave y directa. El miedo en su tono es palpable, pues sabe que el juicio del Rey no es algo que se tome a la ligera.

El trasgo herido, cuyo rostro está marcado por el terror, intenta balbucear algo, pero las palabras se le ahogan en la garganta. Está tan débil que apenas puede mantenerse de pie.

El Rey levanta una mano, señalando al Escriba, que inmediatamente deja de escribir, acciona una palanca y sus siervos mueven la plataforma y engranajes para acercarlo. Con agilidad, comienza a tomar notas de cada palabra y acción, su mirada fija en cada movimiento, como si el juicio en sí mismo fuera una transacción en su mente.

—¿Por qué lo mataste? —pregunta el Rey, su voz profunda y cortante, resonando en el aire. La luz de la rueda ilumina su rostro, mostrándolo imponente y despiadado. Sus ojos brillan como el fuego, reflejando una maldad insondable.

El asesino levanta la cabeza, su voz débil pero llena de miedo.

—Él… él me robó… Me robó mi comida…—sus palabras son casi ininteligibles, pero el miedo que se refleja en sus ojos es claro. Nadie cree en su versión.

El Rey lo observa durante un largo momento, sopesando la situación. Un murciélago vuela cerca, y el trasgo alza la vista, tenso, como si temiera ser devorado en cualquier momento. La ciudad está llena de estas criaturas, siempre al acecho, y su presencia es uno de los mayores temores de los trasgos.

Con un gesto, el rey hace que Grinnah lo acerque aún más, y luego, mirando al Escriba, habla con calma.

—El crimen ha sido cometido. El asesinato es claro. No hay justificación para este acto.

Hace una pausa, y la sala se queda en un tenso silencio, como si todos pudieran sentir el peso de la sentencia. Finalmente, señala hacia los oscuros pasajes de la ciudad.

—Llevadlo al Pozo de las Sombras, que la oscuridad le devore lentamente, como hizo él con su víctima.

Los murmullos cesan. Algunos trasgos se inclinan en respeto, otros fruncen el ceño, pero todos saben que el juicio es firme y justo. En La Ciudad Bajo la Montaña, la muerte y el castigo son tan parte del ciclo natural como las sombras y la oscuridad.

Y, como siempre, el Escriba no deja de anotar ni un solo detalle.



jueves, 2 de enero de 2025

LA FLECHA OSCURA. TRASFONDO DE DICIEMBRE

La Flecha Oscura

La neblina de la mañana cubría el suelo como una manta de sombras, mientras los ecos de la guerra retumbaban a lo lejos. En las montañas que formaban la frontera entre Mordor y las tierras desoladas del este, un grupo de orcos se encontraba en silencio, observando el horizonte. Su líder, Khulong, un orco de piel verdosa y mirada penetrante, les observaba con atención, sabía perfectamente el estado de su compañía, cansados tras una dura noche en la que habían sido masacrados por los humanos, pero ahora tocaba venganza, y la se la iba a tomar ya. 

Habían escuchado una avanzadilla que salía de la ciudad humana, y se estaban adentrando en el bosque, así que allí estaban ellos, escondidos y preparados para asaltarlos y eliminarlos.

Khulong no era como los demás orcos. Mientras la mayoría de su especie se destacaba por su brutalidad y tamaño, él sobresalía por su destreza con el arco y su astucia en el combate. Además su origen era un misterio para los otros orcos, y su físico hacía que algunos hablaran que era un orco de Moria, de las profundidades oscuras donde los orcos y enanos se habían enfrentado en el pasado, si bien tenía un tamaño mucho mayor a los otros orcos de Moria que habían llegado a esta zona. Sin embargo para su tropa el origen de Khulong importaba poco. Lo único que sabían era que su flecha nunca fallaba y sabía cómo conseguir la victoria, además de poner pies en polvorosa cuando era necesario, como la noche anterior, de no haber sido por su orden de replegarse todos arderían en las piras de fuego que habían hecho a la madrugada los Hombres de Gondor.


PLANTILLA PRESENTACIÓN COMPAÑÍA



El sol estaba por ascender cuando Khulong alzó la mano, señalando a su banda que se preparara. Los orcos, todos expertos en el uso del arco largo, se agacharon rápidamente en la maleza, camuflándose entre los arbustos y las rocas. Cada uno ajustó su flecha, y la tensión creció en el aire. Sabían que el enemigo estaba cerca. Eran cuatro los orcos que acompañaban aún a Khulong, el resto del grupo al que fueron escoltando había perecido la noche anterior.

-          ¿Cuántos pueden ser?- gruñó Kragh, un orco con cicatrices profundas en el rostro, que usaba un casco metálico con un mechó de pelo de wargo gris en la coronilla, un gran arquero, mientras observaba a través de un hueco entre las rocas.

-          Tres o cuatro tal vez- , respondió Gruk, sin apartar los ojos del horizonte. "Y están distraídos. No saben que estamos aquí."

-          ¿Atacamos ya Khulong?- preguntó Gruk, que era conocido por su impaciencia y su amor por la violencia, además de por su puntería, se puede decir que tras Khulong era el mejor arquero del grupo.

Khulong no respondió de inmediato. Su mente trabajaba a una velocidad inhumana, calculando cada detalle, cada ángulo, cada posible resultado. Finalmente, habló con voz grave:

 -          Un momento, no estoy seguro del todo. Esperemos un poco más, quiero verles la cara antes de atacarles.- Contestó sin pestañear, estaba escudriñando la espesura del bosque para verlos.

-          Tranquilos, son nuestros.- Dijo poco después. – Son tres orcos, deben haberse escondido muy bien para seguir vivos.

En efecto, momentos después tres orcos con cara de muy cansados llegaban a la zona donde estaban emboscados los arqueros, un estrechamiento en el sendero que obligaba a todo caminante a rodear una gran piedra, impidiendo la visibilidad tras ella, ahí es donde estaban colocados todos para el ataque.

-                  Bienvenidos, subid con nostros.- Dijo Khulong poniéndose a la vista para evitar que los caminantes salieran huyendo.

-                  Gracias.- Dijo el que portaba una espada y un escudo. Vestía con ropa roja y llevaba un casco de cuero con adornos plateados.- Soy Juorg, y estos Bröng y Hozzog.- siguió mientras un orco de cara verde y rechoncha asentía cuando nombró al primero, y otro con casco de pinchos y escudo de madera decorado con el Ojo de Sauron cuando dijo el segundo. Ambos llevaban lanzas, y los tres parecían haber salido de un verdadero infierno.

PLANTILLA PRESENTACIÓN COMPAÑÍA 2


Tras las presentaciones, los tres recién llegados les dijeron que los estaban siguiendo un grupo reducido de humanos, les llevaban una ventaja de unos minutos, a lo que Khulong respondió que los atacarían, ya que habían dicho que eran como ocho o nueve solamente, así que volvieron a colocarse en posición de sorpresa, ahora con tres efectivos más, que se escondieron en el recodo que hacía luego el sendero al girar tras la piedra, un lugar más efectivo para atacar cuerpo a cuerpo.

Pronto comenzaron a escuchar pasos y algunos susurros a lo lejos, todos se apresuraron a tensar sus arcos con las las flechas de emplumado rojo y negro listas para disparar, a la señal de Khulong, claro.

Por fin los Hombres de Gondor llegaron al recodo, iban en silencio, en fila, con el que parecía el líder en segundo lugar, Khulong lo miró y comprobó que lo más sensato sería acabar primero con ese para crear más caos, y que el resto fuese a por los demás, eran unos ocho, si bien no se veía del todo la fila, pero no muchos más.

Esperó a que se acabara la fila, bien son 9, y entonces comenzó el ataque sorpresa.

La flecha de Khulong cruzó el aire, y en un destello de luz, alcanzó al líder de los exploradores, quien cayó al suelo sin un sonido. El grupo de Gondor reaccionó en segundos, pero ya era demasiado tarde. Las flechas orcas llovieron sobre ellos, atravesando carne y armadura con la misma facilidad con la que un cuchillo corta la tela. En apenas unos segundos habían caído cinco de los nueve, y los otros cuatro se miraban sin saber qué hacer, en ese momento los tres recién llegados salieron de su escondite para acabar con esos tres indecisos. El caos se desató rápidamente. Los orcos, con su incomparable destreza, se deslizaban entre las rocas y los árboles, disparando sin cesar. Khulong estaba en el centro de todo, como un espectro, dirigiendo el ataque con precisión mortal.

Juorg, que había estado esperando su oportunidad, corrió hacia uno de los enemigos, un joven explorador que intentaba escapar. El orco lo alcanzó en pocos segundos, lo derribó con un golpe brutal y le clavó su espada en el corazón. Mientras la sangre brotaba, el orco sonrió, disfrutando del trabajo sucio que siempre le había gustado.

 Cuando el último explorador de Gondor cayó al suelo, el bosque quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el eco distante de los gritos ahogados que ya se desvanecían. Khulong avanzó hacia el cuerpo del líder caído, inspeccionándolo con cuidado. Su flecha se había incrustado justo entre las placas de la armadura, atravesando el corazón con una precisión quirúrgica. No pudo evitar sentir un destello de orgullo, aunque efímero.

-                  Buen disparo.-, murmuró Juorg mientras limpiaba la sangre de su propia daga.
-          Siempre lo es.-, respondió Khulong sin emoción, arrancando la flecha del cadáver. Observó el filo ennegrecido por el veneno que cubría cada una de sus flechas.- El veneno hizo su trabajo antes de que llegara el dolor. No sufrió mucho. Una lástima para él.

Juorg, que todavía lamía la hoja de su daga con un retorcido deleite, soltó una carcajada. -     Demasiado rápido para mi gusto. Me gusta verlos retorcerse un poco más, sobre todo tras lo de anoche.

Khulong no respondió. Había una diferencia fundamental entre él y el resto, una que, aunque tácita, era imposible de ignorar. Mientras que Juorg y muchos otros orcos se deleitaban en la crueldad por placer, Khulong veía la violencia como un medio para un fin. La muerte era eficiente; no necesitaba adornos innecesarios.

-                  Recuperen las flechas y desháganse de los cuerpos, escóndanlos lejos del sendero, cuanto más tarden en darse cuenta que falta la avanzadilla, mejor para nosotros.- ordenó Khulong y sentenció con un sombrío:- No debemos dejar rastros.

Los orcos obedecieron rápidamente, moviéndose como una máquina bien aceitada. Cada uno sabía exactamente qué hacer: arrancar las flechas de los cadáveres, borrar las huellas en el suelo, y llevar los cuerpos hacia una grieta cercana donde quedarían ocultos.

Mientras trabajaban, Khulong se acercó a una roca que daba vista al valle más allá. Desde allí, podía ver el camino que los exploradores habían estado recorriendo. Era un camino poco transitado, un atajo que conectaba las fronteras de Gondor con las tierras desoladas. Una ruta peligrosa, pero necesaria para aquellos que buscaban moverse rápidamente. Seguramente sabían que algunos orcos habían escapado de la matanza del día anterior, y ahora se dedicaban a cazarlos como animales, pues estos nueve ya no cazarían más, pensó.