Los Uruk-hai no son como los otros
orcos de Mordor, estos seres habían sido creados para la guerra y nada más. Más
altos que un hombre corriente, anchos de hombros y endurecidos por el hierro y
el humo, avanzaban con una disciplina extraña para su raza. Donde otros orcos
discutían, saqueaban o huían ante la luz del día, los uruk-hai seguían
marchando. El sol les molestaba, pero no los detenía ni mucho menos, eran
capaces de atacar a plena luz del día, y comenzaron a entender que su fiereza a
la vista de los enemigos era mejor que en la penumbra de la oscuridad.
Sus rostros parecían tallados a
golpes: mandíbulas anchas y por lo general sangrientas, colmillos amarillentos
y ojos pequeños que brillaban bajo los cascos abiertos. A algunos los marcaban con la temible Mano
Blanca de Saruman sobre la frente o el pecho. No eran símbolos de honor, sino
señales de pertenencia. Habían nacido para obedecer. Y obedecían.
Las armaduras habían dejado de
brillar hacía mucho, ese metal estaba oxidado, era un arma más, porque un corte
en la piel podía transmitir hasta enfermedades al enemigo; llevaban las manos
curtidas de cicatrices y grasa de guerra.
El grupo avanzaba en fila
irregular por las tierras pardas del oeste. Eran ocho y avanzaban a muy buen
ritmo casi sin hacer ruido para lo toscos que eran. Seis arqueros caminaban
delante y a los flancos. Sus arcos largos, de madera oscura y tendones
endurecidos, golpeaban sus espaldas a cada paso. Llevaban carcajes repletos de
flechas negras emplumadas. Ninguno hablaba. De vez en cuando levantaban la
cabeza para olfatear el aire como animales de caza.
Al frente del grupo marchaba Grökh
con su espadón y su escudo, era el líder del grupo, el encargado de llevarlos a
encontrar a un grupo que había partido con anterioridad a ellos. Era el más
grande del grupo. Su escudo estaba cubierto de cortes viejos y manchas de
sangre seca que jamás habían sido limpiadas. Lo llevaba sujeto a la espalda
mientras caminaba, junto a su espadón, igualmente oscurecido por la herrumbre y
la sangre oscura. Respiraba como si cada bocanada de aire le irritara.
A su lado avanzaba el
portaestandarte. El mástil de madera sobresalía varios palmos por encima de las
cabezas del grupo. En su extremo colgaba una tela negra marcada con una Mano
Blanca, deshilachada por el viento y endurecida por la lluvia seca. El porteador
caminaba ligeramente encorvado, protegiendo el estandarte incluso cuando
atravesaban matorrales o descendían por terreno rocoso.
Marchaban deprisa. Llevaban dos
días siguiendo el rastro del primer destacamento: ocho uruk-hai que habían
partido antes que ellos. La orden había sido clara, tenían que alcanzarlos para
reunirse con ellos antes de cruzar las llanuras. Después vendría la caza.
El enemigo ya debía de estar
siguiéndolos. Hombres. Tal vez jinetes. Quizá algo peor.
Uno de los arqueros encontró las
primeras señales al caer la tarde. Unas huellas profundas, restos de ceniza y huesos
roídos.
El grupo se detuvo alrededor del
hallazgo. Nadie necesitó hablar. Grökh se inclinó sobre el suelo endurecido y
pasó los dedos por una pisada marcada en el barro seco. Sabía que eran huellas
de Uruk-hai, y además bastante recientes, así que continuaron.
La noche cayó lentamente sobre
las colinas. Bajo la oscuridad, la marcha se volvió más rápida. Los uruk-hai
parecían crecer en las sombras; sus ojos captaban movimiento donde un hombre
sólo habría visto negrura. Avanzaban sin antorchas. El sonido de sus botas era
apagado y constante.
En algún lugar lejano aulló un
lobo y uno de los arqueros respondió con un gruñido bajo.
Las tierras se volvían más
abiertas. La hierba alta se inclinaba bajo el viento nocturno como olas
oscuras. A veces encontraban ramas partidas o manchas recientes de sangre.
Poco antes del amanecer
encontraron otra señal, un casco partido, cubierto de barro y sangre roja seca,
no era de Uruk-hai, era de un Rohirrim, y eso significaba caballos y velocidad.
El grupo ascendió una loma
pedregosa mientras las primeras luces grises aparecían en el horizonte. Desde
la cima pudieron ver las grandes llanuras extendiéndose hacia el este, inmensas
y vacías bajo la niebla baja de la madrugada, vacías, pero no silenciosas, a lo
lejos se escuchaban cuernos de forma débil, primero uno y luego otros, o el
mismo, pero avisando a otros grupos. No podían saber si pertenecía al
destacamento que buscaban o a quienes les daban caza.
El portaestandarte clavó el asta
en el suelo durante un instante y contempló las llanuras. La tela negra ondeó
lentamente.
—Siguen vivos —dijo.
Nadie respondió.
Uno de los arqueros señaló
entonces hacia el norte, allí, casi invisible entre la bruma, ascendía una
columna delgada de humo demasiado recta para ser un incendio natural, y demasiado
pequeña para un campamento grande.
El grupo permaneció inmóvil unos
segundos. Incluso el viento parecía haberse detenido. Después, Grökh emitió un
gruñido seco y empezó a descender la ladera.
Los demás lo siguieron.
Cada vez más deprisa.
Las botas negras golpeaban la
tierra húmeda mientras el humo permanecía lejano, siempre lejano, flotando
sobre las llanuras como una señal imposible de alcanzar.
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